Más de 2 mil viviendas estarían siendo afectadas; denuncian que sacaron pertenencias de las familias durante el operativo
Ciudad Juárez, Chih.– Lo ocurrido en Las Huertas no puede leerse solo como la ejecución de una orden judicial. Lo que quedó exhibido fue algo mucho más grave: la facilidad con la que se intenta borrar la historia de miles de personas que durante décadas han hecho vida en ese sector, tratándolas como si fueran intrusas de ayer.
Bajo la narrativa simplista de los “paracaidistas”, representantes de una constructora, acompañados por actuarios y elementos de la Secretaría de Seguridad Pública Municipal, se presentaron en las inmediaciones de la colonia Margaritas para llevar a cabo un operativo que, según denuncias de vecinos, no solo derivó en el desalojo de familias con más de 30 años de arraigo, sino también en la afectación de más de 2 mil viviendas.
Habitantes del sector aseguran que durante la diligencia hubo ingresos forzados a algunas casas y que, además, les sacaron todas sus cosas, dejando a numerosas familias en una escena de incertidumbre, humillación y despojo. La tensión escaló al grado de que vecinos decidieron bloquear el paso con sus vehículos en señal de protesta.
La imagen es brutal: pertenencias en la calle, familias rebasadas por el operativo y una autoridad presente para desalojar, pero ausente durante años cuando se trató de regularizar, mediar o dar certeza patrimonial.
Porque la pregunta de fondo sigue ahí y nadie debería esquivarla: ¿cómo se pretende presentar como “paracaidistas” a personas que llevan más de tres décadas viviendo en el mismo lugar?
Treinta años no son una ocurrencia. Treinta años significan arraigo, comunidad, permanencia, memoria y una realidad humana que no puede barrerse con una etiqueta despectiva.
Lo más delicado del caso es justamente ese intento de deshumanización. Llamarlos “paracaidistas” no solo reduce la complejidad del conflicto: también ayuda a justificar socialmente el desplazamiento de familias enteras, como si detrás de cada vivienda no existiera una historia de esfuerzo, sobrevivencia y pertenencia.
Si durante décadas hubo personas habitando esas casas, entonces el fracaso no puede recaer únicamente sobre quienes permanecieron ahí. El verdadero fracaso es el de un sistema que dejó crecer el problema sin resolverlo y que ahora pretende imponer una salida por la vía más agresiva: la presión, la fuerza pública y el despojo material de miles de hogares.
En una ciudad marcada por el rezago, la desigualdad y el abandono institucional, resulta inadmisible que la respuesta oficial aparezca solo cuando se trata de sacar a la gente. Un gobierno con sentido social no llega 30 años después a vaciar viviendas y poner pertenencias en la calle. Un gobierno serio construye salidas legales, sensibles y humanas.
Lo de Las Huertas no es un simple operativo. Es una advertencia de lo que pasa cuando el poder deja de ver personas y solo ve expedientes.
Y en Juárez, donde tantas familias han levantado su patrimonio prácticamente solas, lo mínimo exigible es que no se les quiera arrancar también su historia y su casa.
